YISAN ROCK

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viernes, 4 de junio de 2010

LOS MISMOS DERECHOS CON LOS MISMOS NOMBRES

Por BRUNO BIMBI, para La Nación

Nos cuesta entender por qué algunas personas y algunas instituciones se oponen con tanta insistencia a aceptar la igualdad de derechos de las personas gays, lesbianas, bisexuales y trans.
Hay quienes dicen que se oponen al matrimonio entre personas del mismo sexo porque defienden a la familia. ¿A cuáles familias? ¿Acaso nuestras familias no cuentan? ¿Qué daño les hacemos a las suyas? ¿Que tengamos los mismos derechos que ellos los perjudica? ¿Van a dejar de existir las familias heterosexuales porque un gay pueda heredar la casa en la que vivió veinte años con su pareja fallecida, en vez de ser echado a la calle, o porque una lesbiana pueda compartir la obra social de su pareja o sacar un crédito con ella para el departamento? ¿Van a dejar de existir las familias heterosexuales porque dos hombres o dos mujeres que se aman y quieren casarse puedan hacerlo?
Se ha dicho también que el matrimonio es heterosexual porque proviene de la naturaleza. ¿De la naturaleza, como las plantas y los ríos y las tormentas y los animales y los hombres y las mujeres? ¿No fue acaso el matrimonio una invención humana? ¿Existe desde que el mundo es mundo o fue creado en determinado momento de la civilización? ¿Fue siempre igual, inmutable, o sufrió grandes cambios a lo largo de su historia? ¿Acaso la fidelidad, la monogamia, el patrimonio, el apellido, la herencia, la patria potestad, las pensiones, las obras sociales, la nacionalidad son hechos de la naturaleza? ¡Son construcciones sociales!
Hasta el siglo IV de nuestra era, no existía ningún impedimento legal en Roma contra los matrimonios entre personas del mismo sexo. Fue entonces, con la adopción del cristianismo como religión oficial del Imperio, que el matrimonio pasó a ser exclusivamente heterosexual. Tampoco era el matrimonio, todavía, un sacramento. Se dicen muchas mentiras y muchas vaguedades para confundir, pero hay que buscar en los libros de historia, que no muerden. Tampoco existieron siempre los prejuicios que hoy existen contra la homosexualidad: no existían en la antigua Grecia, no existían en el milenario Egipto… Allá están las obras de arte que lo testimonian, las esculturas que el emperador Adriano mandó a construir para su amante Antínoo (lean, por favor, a Marguerite Yourcenar), o las pinturas de los faraones, o las obras de arte de los pueblos mesopotámicos. La propia palabra homosexualidad es moderna, del siglo XVIII, y apareció por primera vez en Alemania, en un panfleto. Hubo siglos y siglos en los que la homosexualidad no existía siquiera como categoría: el mundo del amor no se dividía entre quienes desean y se enamoran de los de su mismo sexo o de los del sexo contrario. Eso no le importaba a nadie. El signo lingüístico, ya lo decía Sausseure, es arbitrario, y la forma en que clasificamos el mundo es un producto de la cultura.
Y ya que estamos con el signo, algunos argumentan con la etimología: “matrimonio”, dicen, viene de mater, que significa madre, y eso demostraría que su fin es la procreación. ¿Y con monium, que significa gravámen, qué hacemos? ¿Y con “patria potestad”, que viene de pater y es hoy compartida por padre y madre, sin necesidad de crear un nuevo instituto, la “matria potestad”? ¿Y con el salario, que ya no se paga más en sal? Los libros de lingüística también pueden ayudar a entender: el deslocamiento semántico explica estas variaciones en el significado de las palabras. Sin embargo, las instituciones jurídicas no son esclavas de las palabras que las designan, o la historia detendría su curso en las páginas de un viejo diccionario.
¡Pero el fin del matrimonio es la reproducción!, insisten algunos. Entonces, prohibamos casarse a los estériles, a las mujeres después de la menopausia, a los ancianos, o a los que, simplemente, deciden no procrear. ¡Pero el matrimonio siempre ha sido así! No, ya lo dijimos pero, si lo hubiera sido, convengamos que también siempre había estado prohibido que una persona negra se casara con una persona blanca, hasta que la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos autorizó los matrimonios interraciales; siempre les había sido prohibido casarse a los esclavos, hasta que éstos pasaron a ser libres; en los primeros tiempos de la Colonia sólo podían casarse los católicos, y enhorabuena eso cambió; nunca las mujeres habían tenido la libertad de elegir marido, hasta que la consiguieron. ¡Tantas cosas hay que siempre fueron de algún modo hasta que cambiaron!
Lo que sí fue siempre igual, y seguirá siéndolo, es que hay una cantidad de personas, en cada parte del mundo y en cada tiempo, que se sienten atraídas y se enamoran y construyen proyectos de vida con otras personas de su mismo sexo. Algunos estudios han hablado de un diez por ciento de la población, pero qué importa cuántos y cuántas somos. Lo que importa es que existimos, que somos tan humanos como los demás, que nuestro amor es igual de hermoso, que nuestros proyectos de vida son tan valiosos como los de cualquiera.
Lo que sí proviene de la naturaleza es eso. Sentir que la piel se eriza, que el corazón late más fuerte; sentirse irremediablemente atraído por esa mirada, por ese cuerpo, por ese otro o esa otra, enredarse, amarse, decidir que queremos estar juntos o juntas, que queremos compartir la vida. Eso es lo natural.
Lo demás –los derechos patrimoniales, los beneficios sociales, las convenciones jurídicas con las que el Estado protege a las familias que las personas construyen– no tiene nada de natural. El matrimonio es un contrato. Y nosotros y nosotras queremos poder celebrarlo con los mismos derechos. Y con el mismo nombre, porque cuando los gays firmamos un contrato de alquiler no se llama “unión civil de locación de inmueble”, y cuando las lesbianas firman un contrato de trabajo no se llama “parteneriato con el patrón”. Cuando nos casamos, queremos que se llame matrimonio. Queremos que sea una fiesta, que venga nuestra familia, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo. Queremos celebrarlo como cualquier hijo de vecino.
Lo dice la Constitución. Quien quiera leerla, la puede encontrar en todas las bibliotecas. Lo dicen los tratados internacionales de derechos humanos: todos somos iguales ante la ley, nadie debe sufrir discriminación, todos tenemos derecho a formar una familia, todos tenemos derecho al matrimonio, todos tenemos derecho a igual protección del Estado. La Constitución está para ser cumplida.
Ahora, más allá de todo lo dicho hasta aquí, ¿no se entiende que estamos hablando, en definitiva, del derecho a ser felices? ¿A quién le molesta tanto que podamos serlo?